Justicia...
No es fácil llegar a un consenso ni esclarecer de forma definitiva lo que entendemos por justicia. Un concepto de tan alto contenido subjetivo, de una carga afectiva inherente e incuestionable, no puede ser limitado con un encasillamiento apriorístico.
A lo largo de la historia y consecuentemente con la evolución de las civilizaciones, grandes personalidades y afamados filósofos han intentado imponer criterios objetivos y productores de una conciencia colectiva. Haciendo creer que “lo que me dicen es lo mejor” o que “lo que opina la mayoría es lo que debe hacerse” acercando así la democracia, es decir, la imposición del pensamiento de la mayoría, a campos metafísicos. Tendiendo a una Democratización del SER...
Claro es el ejemplo de la antigua Grecia, dónde filósofos como Aristóteles concebían un concepto de justicia limitando la referencia del término a una virtud en particular, distinguiendo por ejemplo, entre justicia y equidad. La función de la justicia era, en consecuencia, lograr la armonía. Esta armonía sólo se lograba en una sociedad en que cada grupo cumplía su función.
Encasillando de esta forma a las personas en grupos preestablecidos al momento de nacer, sin existir la posibilidad de desarrollarse o cumplir otras funciones. Justicia como sinónimo del mantenimiento de un status quo.
No existiendo globalización y, en consecuencia, la conciencia de mundo, resultaba innato adoptar esta postura de conformismo, postura que en aquellos tiempos era la única posible.
Pero, posteriormente, con el surgimiento de la globalización, la sociedad tuvo acceso a más información y a una mejor educación y fue tomando conciencia de un concepto de “mundo”. Lo anterior implicaba el convencimiento de no ser lo únicos, de la existencia indubitable de realidades diversas.
Fueron creándose nuevas actividades laborales y surgiendo nuevas oportunidades, pero a la par, aparecieron las primeras “injusticias sociales” término relacionado en aquel tiempo a la desigualdad en la distribución de las riquezas, a diferencias en las remuneraciones, a la discriminación y a la inexistencia de oportunidades de “surgir”.
Resumiendo y como podemos fácilmente apreciar, volvimos al problema de las “Civitas Griegas” mencionado en un comienzo, pero con una notable diferencia, existía ahora una conciencia de lo que estaba pasando. Había más información y por ende más posibilidades de solucionar estos problemas.
Podemos observar, eso sí, que tiene especial protagonismo el aspecto económico, justicia social usado como igualdad en el acceso a empleos e igualdad en la entrega de remuneraciones.
Esta globalización, además de generar la conciencia antes mencionada tuvo el inconveniente de ser favorable para pocos e injusta para muchos.
Todo lo anterior derivó en una delegación de poder del pueblo en los gobernantes quienes a través de la dictación de normas y estrictas reglas paliaron en parte la situación.
Lo anterior convirtió a la dictación de normas y su aplicación posterior en una herramienta reconocida por la mayoría como un medio de alcanzar la justicia.
Pero este medio no debemos mirarlo en forma abstracta, ya que debemos tomar en consideración que, dependiendo del régimen político y jurídico imperante, tendremos el énfasis que se le dará a la reglamentación.
Debemos recordar siempre, eso si, que estamos inmersos en una sociedad y que como decía Aristóteles, el ser humano es un “zoon politikon”, o sea, un animal ciudadano, un animal cívico, social o, un “animal político”, por tanto la virtud, la justicia y la felicidad se alcanzan socialmente, en relación con los otros, o sea, políticamente. No miremos nuestra propia felicidad como lo “siempre correcto”, muchas veces el bien común es lo que en nuestro interior, al margen de beneficios personales, es lo correcto... lo sabemos!
